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A Milagrosa en un pregón

Si me diesen a elegir en la ciudad de Lugo un pregón para contar una historia, ese sería, sin duda, el de las fiestas del barrio de A Milagrosa. Y no lo digo porque vaya a ser el encargado, junto a Marisol Bravos, de darlo este próximo viernes, sino porque para mí este barrio —al que hay que sumar A Piringalla, donde vivo— ha sido el lugar donde nací y me crié.

Quizá por eso este pregón llega a mi vida en el momento adecuado.

Vivimos una especie de ola de nostalgia noventera que se ha extendido como la pólvora a través de reels de Instagram y TikTok. De repente, vuelven a aparecer ante nosotros imágenes de aquellos objetos, juegos, canciones y series que nos acompañaron durante nuestra infancia y nuestra juventud. Y no sé si es que uno se hace mayor o que hay recuerdos que, por mucho tiempo que pase, nunca terminan de irse, pero últimamente mi estado de ánimo parece moverse entre la nostalgia y la euforia.

Y entonces aparece este pregón.

Como si la vida hubiese decidido devolverme, por un instante, a aquel lugar.

A Milagrosa siempre será, junto con mis fines de semana en Friol, uno de los recuerdos que más tranquilidad y melancolía me provocan. Un lugar que permanece en algún rincón de mi memoria y de mi corazón, como una máquina del tiempo a la que todavía puedo volver cuando cierro los ojos.

Recuerdo las impresionantes fiestas de los años noventa de A Milagrosa. Eran unas fiestas enormes, de esas que parecían competir en gente y fama con el mismísimo San Froilán. Las calles abarrotadas, las atracciones, el ruido, las luces, aquella sensación de que durante unos días el barrio entero se convertía en otra cosa.

Y donde el sonido lejano de la fiesta significaba también la libertad de dejar atrás los exámenes de las recuperaciones de septiembre. De repente, volvían a aparecer decenas de caras de amigos y compañeros que habían permanecido escondidas durante aquellos largos y eternos veranos de cuando uno todavía no ha cumplido los veinte años.

Volvíamos a encontrarnos.

Y aquellas fiestas tenían también algo de despedida. Porque, mientras la música sonaba y las calles se llenaban de gente, uno sabía que el verano estaba llegando a su fin. Que pronto llegaría el otoño, la rutina, el sonido del timbre entre clase y clase y aquella vida que, aunque entonces no lo supiéramos, parecía que sería la que tendríamos por delante.

Y recuerdo también la música.

Alanis Morissette, The Smashing Pumpkins, Oasis, Rozalla… Canciones que sonaban a todo volumen por los altavoces de las atracciones y que, sin que nosotros lo supiéramos entonces, acabarían formando parte de la banda sonora de nuestros recuerdos.

Porque hay canciones que uno no vuelve a escuchar.

Las recuerda.

Y eso es distinto.

Entre todos esos recuerdos hay uno especialmente bonito y, al mismo tiempo, un poco triste. El de una chica. Tal vez la primera chica que me gustó.

Era una antigua compañera de octavo en el colegio Luis Pimentel, en A Piringalla. Aquel verano en el que pasamos de la EGB al BUP, en una calle de A Milagrosa, junto a una atracción, fue la última vez que hablé con ella.

Y después no volví a verla.

Porque aquellos tiempos eran así. Cambiar de instituto podía significar, sin que nadie lo decidiese y sin que nadie lo dijera en voz alta, el olvido para siempre. Incluso en una ciudad pequeña como Lugo.

Hoy resulta extraño pensarlo.

Pero quizá por eso algunos lugares tienen tanta fuerza.

Porque no solo guardan calles, plazas, fiestas o atracciones.

Guardan a las personas que fuimos.

Y A Milagrosa, para mí, guarda una parte de aquel niño que todavía, de vez en cuando, vuelve a caminar por sus calles.

Es hora de contar esas historias…

Escritor autodidacta de historias emocionales e intensas, tomo como referente la prosa de la Generación Beat para construir historias propias. Viajero incansable, cada aeropuerto y ciudad nueva que piso con mis pies estremecen mi alma. La música siempre sonando, mi mayor castigo es la ausencia de una melodía. Literatura, viajes y música forman una vida que guarda mil vidas dentro.

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